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lunes, 18 de noviembre de 2013

Lunes, 18 de noviembre.

Julián abrió los ojos pesarosamente al escuchar el despertador. Lo apagó, y volvió a meter el brazo bajo la ropa de la cama disfrutando del tacto de las sábanas limpias. Movió los dedos de las manos para sacudir ese entumecimiento que tenía cada mañana al despertar, e hizo lo mismo con los pies. Gonzo ya estaba al lado de la mesita, y seguramente llevara allí un rato, desde que vio la primera luz del alba. En plena oscuridad, Julián sabía que el perro le estaría observando fijamente, atento a cualquier movimiento para mover el rabo y, si pudiera, meter el morro bajo el brazo de su dueño para forzar una caricia.

No sin cierto esfuerzo, nuestro protagonista echó el nórdico y la sábana hacia los pies de la cama, se levantó y abrió la ventana. Las gallinas ya estaban despiertas y picoteaban los pequeños brotes de hierba que estában naciendo gracias a las lluvias de los últimos días. El día se presentaba nublado, cerrado, y con frío. Al menos no hacía viento, ese viento colado de la Mancha, que se te metía en los huesos y te dejaba helado para todo el día. Se estiró mientras pensaba esto último, acarició la cabeza de Gonzo y esperó a que viniera Tina, otra de sus perros, y le tiró de una oreja de manera cariñosa.

Puso la cafetera antes de ducharse. Le encantaba el olor a café recién hecho. Era uno de esos olores a los que él llamaba "olor de hogar". Café, humo de la estufa, comida recién hecha... Olores de estar en casa. Mientras se prepara el café Gonzo se sitúa detrás suyo, sentado en uno de sus rincones, pues tiene varios repartidos por la casa. Al lado del radiador de la cocina, al lado de la estufa de leña, al lado de la mesita de noche de Isa... Gonzo no pierde detalle de lo que Julián hace, no sea que se escape alguna delicatessen con la que, de vez en cuando, obsequia a los tres perros. Pero esta vez no ha habido suerte.

Antes de sentarse a desayunar, limpia la estufa de leña, seguramente la mejor compra que ha hecho en los dos últimos años. Aunque realmente suele pensar que cualquier cosa que compra es lo mejor que ha comprado en los dos últimos años. Es lo que tiene comprar poco. Quita la ceniza meticulosamente, y la echa al cubo que tiene preparado. Después, una vez esté lleno, echará la ceniza al pie de alguno de sus árboles, ya que tiene nutrientes. Aparta el tronco que se quedó a medio arder la noche anterior, y deposita en la parrilla una servilleta de papel; encima, unas cuantas cáscaras de almendruco, que ayudarán a prender el fuego, y encima un par de troncos secos. Limpia el cristal, ya que le encanta ver el fuego arder, y enciende una pastilla en medio de las cáscaras. Cierra la puerta, y vuelve a poner la cama de los perros cerca de la estufa. Durante el día, irá alejando las camas de las perras a la otra punta del salón, para que no pasen calor, ya que tienen un pelaje más espeso.

Julián desayuna mirando las noticias en su móvil, y normalmente lo hace con un café con leche únicamente. Hoy no es la excepción. En cuanto termina y recoge la taza, los tres perros ya le están esperando nerviosos en la puerta, deseando salir a dar un paseo. Hoy, por primera vez en el otoño, cogerá el abrigo, por si acaso. Pero se lo dejará abierto por delante, ya que es una persona muy calurosa. Coge las correas, y abre la puerta, dejando que las mascotas corran alborozadas hasta la cancela. Las gallinas salen a recibirle también entre cacareos, y aprovecha para echarles una mezcla de maíz y trigo. Ya recogerá a la vuelta los huevos del día anterior.

El paseo suele ser de media hora por la mañana, y de hora y media, si tiene tiempo y si hace bueno, por la tarde. Le gusta sacarles por los campos que han estado sembrados este año, los cuales todavía no han sido arados y en los que se puede pisar bien. Se mancharán todos de barro, claro, pero es uno de los inconvenientes de vivir en el campo. Sin embargo, también tiene sus ventajas. Hoy la niebla va subiendo por el cauce del río Algodor, lentamente, en oleadas, y sobrepasa también la sierra de Mora, cayendo lentamente por un costado. Cae una lluvia fina que apenas nota, salvo en los cristales de las gafas. El aire es fragante, con olor a tierra y hierba mojada, y los tomillos despiertan su aroma a su paso. Bowie y Gonzo buscan conejos, cosa harto difícil en esta época de caza, y más en un día lluvioso. Saldrán, pero más tarde seguramente.

Ya de nuevo en casa, los perros se arrebujan en sus colchonetas, disfrutando del temple que se ha creado en el salón. El resto de la casa sigue frío, pero tampoco importa demasiado. Abre el portátil y mientras arranca, decide hacerse otro café con leche, y mientras se lo toma, comienza a escribir una nueva entrada en el blog.

Lunes, 18 de noviembre.

jueves, 29 de agosto de 2013

Manuel.

Manuel se levanta cada día a eso de las siete, sin necesidad de despertador, da igual la época del año. Lleva años repitiendo la misma liturgia: Se despierta, abre los ojos y mueve los dedos dormidos de manos y pies. Se frota un brazo, el otro y se sienta en el borde de la cama, y acto seguido se frota las piernas siempre heladas. Hace ya más de veinte años que Antonia no está con él, pero continúa mirando hacia su lado de la cama.

Invariablemente, Chico, su galgo favorito, tiene su propia forma de levantarse. Abre los ojos cuando su dueño respira con más rapidez, y escucha el rumor de las sábanas. Se incorpora cuando lo hace Manuel, y le roza la mano con el morro cuando lleva demasiado tiempo mirando hacia la ropa de cama impoluta.

-Ya va, Chico. Ya va.

Se lava la cara con el agua fría que dejó en la palangana anoche, y se la seca con la toalla que le trajo su hija la semana pasada. Demasiado nueva para lo que va a durar en este mundo, piensa él. Y lleva pensando lo mismo desde hace siglos. Aún tiene las piernas frías, de modo que se pone sus pantalones de pana, los que fueron negros y tienen mil cosidos, y se acerca al fuego para intentar recuperar los rescoldos del fuego que se apagó durante la noche. Le lleva un cuarto de hora tener una hoguera en condiciones, pero Chico es tan viejo como él, y se pasa el día temblando en estas mañanas de febrero. Ya no sale a correr detrás de las liebres, pero cada tarde, haga el tiempo que haga, le saca a dar un paseo junto a Linda y Negro, la nueva adquisición. Aunque adquisición quizá no sea el nombre adecuado, sino rescate. Le encontró con un trozo de cuerda incrustado en el cuello. Se las había ingeniado para roer como pudo la soga que le ahorcaba, y que le había hollado la piel. El pobre no podía ni andar, y Manuel tardó cerca de tres horas en llevarle a casa con tanta parada como tuvo que hacer para descansar. 82 años son muchos años. Por suerte para Negro, los galgos de Manuel jamás han comido pienso, ni han servido para otra cosa que alegrarle la vista corriendo cuando quieren detrás de los conejos, o bien calentarle los pies en invierno. Comen siempre de cuchara, como dice su hija, siempre un guisado de patata, con huevo y algo de carne, que el que sean perros no quiere decir que no tengan sentido del gusto.

Cuando deja a Chico al calor del fuego, sale a dar de comer a las gallinas. Quizá debiera tener una cerda, y un par de cochinos, pero sería demasiado trabajo. Además, cada semana le llenan el frigorífico de jamón y demás viandas, sabiendo que con su dentadura ya no puede comer más que pan mojado y alguna verdura. Comparte la comida de sus perros, y comen todos al unísono. Por cierto, tiene que hablar con Juan para que le traiga pienso para las gallinas, que casi no le queda. Le gusta ese nuevo pienso que devoran hasta el último grano, y deja una yema de un precioso color naranja. Se los come por los ojos, más que por la boca, pues tiene alto el colesterol. Pero ya que nos ponemos, comemos en condiciones, joder, que llevamos toda la vida penando. Por un poco de vino y huevos de calidad no vamos a estar discutiendo. Y el pan de la Cooperativa recién hecho.

El mero hecho de recordarlo hace que empiece a salivar. Tan sólo conserva la mitad de las piezas dentales, pero se basta y se sobra para comerse una barra bien crujiente diaria. La otra va para sus perros. Va caminando despacio recorriendo el kilómetro que le separa de la tahona. Siempre lleva arrastrando los pies, y Antonia ya le ha dejado las zapatillas que habrán de relevar a las que lleva. No puede soportar los zapatos, le laceran demasiado en la zona de los juanetes. Qué mierda ser viejo, murmura.

- Adiós, Manuel.
- Adiós, Gabriel. Voy a por el pan.

Ras, ras, ras, ras. Sigue por la Ronda arrastrando los pies. Ras, ras. ¿Cuánto hace que no ve a sus nietos? Hará cerca de dos meses. Y eso que viven en el pueblo. No entiende a la juventud de ahora, su falta de respeto por lo que él ha luchado, por todas las horas que trabajaba para sacar a su familia adelante. Jamás le han preguntado por qué le falta un dedo, o el porqué de su cicatriz en un lado de la cara que le llega hasta la clavícula. Ahora simplemente quieren hablar con sus amigos a través del teléfono. Pero qué idiotas, si miraran hacia arriba de vez en cuando... Le habría encantado contarles cómo tener un buen huerto, qué sembrar en cada época del año, cómo hacer un lazo para conejos cuando tienes hambre, cuándo va a llover, los nombres de cada planta... Pero en vez de a sus nietos se lo cuenta a Chico. Y Chico le mira con esos ojos grandes, y le roza con el morro en la mano cuando se detiene al hablar. Pensándolo bien, no necesita para nada que vengan a visitarle los nietos. Ya se acordarán de él cuando muera.

Vuelve con el mismo ritmo por la Ronda, arrastrando los pies, con sus zapatillas de andar por casa, y esos calcetines gordos que le regaló su hija y que tan bien le han venido este invierno. Esto sí que son adelantos. Abre la puerta de su casa con la llave que tiene atada al cinturón mientras al otro lado Linda araña la puerta. Negro se asoma tímidamente tras la puerta de la cocina, y Chico menea el rabo con alegría contenida. Siempre ha sabido comportarse.

- Vamos a preparar la comida. ¿Qué os apetece hoy?

viernes, 15 de julio de 2011

Saad. Orígenes.

Mohamed, provenía de una familia de El Cairo, de la que tuvo que huir al negarse a contraer matrimonio con la mujer que le habían buscado. Cuando cumplió los 26 años, recibió la visita de su futura esposa concertada. Ella sólamente tenía 14 años. A pesar de haber nacido en una familia muy tradicional, Mohamed rechazaba de plano aquella costumbre, por dos motivos principales. Primero, porque se había empapado de las costumbres extranjeras, gracias al trato con los turistas y al visionado de películas de otros países. Y segundo, y más importante, porque estaba enamorado de una mujer, Azeneth.

Mohamed trabajaba en una gasolinera del centro de El Cairo de sol a sol. Al ser el más joven, y llevar poco tiempo, le había tocado el peor turno, el diurno. Se refugiaba de los 45º C mojando una toalla la cual se ponía sobre el cuello, mientras esperaba al siguiente cliente a la sombra. Mientras estaba sentado en su taburete, observaba el caos de tráfico a su alrededor. Cientos de coches pasaban cada hora, bajo el sol abrasador, llenos de gente que iba a sus trabajos, de guiris y militares. Todos, o prácticamente todos los coches eran negros, con gente vistiendo chilabas y pañuelos oscuros. Salvo ella.

Azeneth era un caso extraño en aquellos días. Sus padres habían decidido que estudiara en el extranjero, lo cual ya era rizar el rizo. Que una mujer estudiara, y que además fuera en Francia, era algo que no entraba en la mente de la mayoría de aquella sociedad. Pero la familia de Azeneth tradicionalmente había estado ligada al consulado francés. Su padre había sido el ayudante personal del cónsul durante más de veinte años, por lo que no compartía esas ideas tan cerradas propias de aquellos años en Egipto. Su mujer sin embargo no estuvo tan de acuerdo en mandar a la niña a París para su formación. Por suerte para Azeneth, la intercesión del mismo diplomático cerró toda discusión.

Volvió de París con veintitrés años, muchas ideas en la cabeza, y un futuro en la maleta. Había estudiado en el Instituto de Estudios Políticos de París, con la intención de trabajar para la embajada de Egipto en Francia. La idea de vivir como las mujeres de su país no la seducía en absoluto. Aun así, estaba deseando volver y poder abrazar a sus padres aunque fuera por última vez. De modo que cogió el avión sin llevarse más que una pequeña maleta para pasar la semana que tenía planeado en compañía de su familia.

Llegó a El Cairo al mediodía, con un calor que te aplastaba contra el suelo. Sin embargo ella levantó el rostro hacia el sól nada más salir del avión. Había echado tanto de menos aquello, en París hacía demasiado frío. Cuando se fue a Francia era diciembre, con -10º C esperando. A lo largo de todos aquellos años, había aprendido a tolerar el frío, pero no le gustaba lo más mínimo.
Salió a la calle y paró el primer taxi que pasó. Montó y le dio la dirección al conductor.  A mitad de camino el taxista paró en una gasolinera, disculpándose ante la señorita por tener que detenerse a repostar. Ella hizo un gesto con la mano, como diciendo que no pasaba nada, y casi sin darse cuenta se quitó el pañuelo que le tapaba el pelo para colocárselo mejor. Al momento escuchó la voz del taxista, que gritaba de forma airada. El chico encargado de echar la gasolina se había quedado embobado mirándola y había derramado el combustible encima de los pies del taxista. Avergonzado pidió disculpas al hombre, mientras miraba de hito en hito a aquella mujer de pelo y ojos negros, de piel tersa y maquillada, de túnica y pañuelo blancos que destacaban entre la multitud oscura, y que sonreía divertida cómo él, a pesar de la mugre que le cubría por completo, se ruborizaba hasta las orejas.

El taxista subió de nuevo al coche, clamando al cielo, y con intención de irse sin pagar. Mohamed no podía reaccionar, y seguía con la boca y los ojos abiertos de par en par. Azeneth posó una mano en el hombro del conductor y le pidió que perdonase al chico, ya que era seguro que lo había hecho sin maldad alguna. A regañadientes éste tiró unos cuantos billetes arrugados por la ventana y arrancó de malos modos. Mohamed vio cómo uno de los mechones de ella parecía despedirse de él ondeando grácilmente al viento a través de la ventanilla.

jueves, 14 de abril de 2011

Jamming

Caía la noche sobre Toledo. Uno de estos típicos atardeceres de abril, en los que la temperatura caía varios grados en poco tiempo.

ELLA era una turista más de las que componían aquel enjambre tumultuoso que revolucionaba las estrechas calles. Trataba de quedarse lo más atrás posible del grupo en el que iba, para intentar hacerse una mejor idea de lo que sería vivir allí. Imaginaba, mientras daba pequeños pasos, el volver a casa del trabajo, lentamente, subiendo las cuestas que hacen tan característica esa ciudad. Pensaba en notar el mismo frío que sentía en ese momento, pero con al menos una chaqueta. Se había dejado la suya en el autobús al llegar al mediodía, tal era el calor que hacía en ese momento.

Se imaginaba sacando al perro que no tenía, quizá un perro pequeño. Allí las casas no parecían demasiado grandes. Subiría con él al mirador y vería cómo el atardecer caía en la ciudad desde el cerro del Bu. Pasearía por la ribera del Tajo, y saludaría a los ancianos que monopolizaban los bancos.

Viviría en un pequeño piso, en el centro de Toledo. Un piso reformado, con patio, de los que tienen un brocal en el centro, y geranios en las columnas. Un patio fresco, donde saldría a chapurrear con las vecinas. Tendría una cama grande, de dos metros al menos de ancho. Ella no medía más de 1,60 metros, pero en su casa siempre había tenido que compartir lugar para dormir con alguna hermana. El perro podría dormir con ella, y se darían calor en los duros inviernos, cuando la estufa de leña se estuviera apagando.


ÉL vivía en Toledo, de siempre. Había nacido allí, y se había criado correteando entre callejuelas y rincones escondidos. Sus rodillas y manos conocían casi cualquier adoquín de la ciudad. Siempre había sido demasiado patoso. Quizá por ello tenía tan pocos amigos.

Hacía tiempo que se centraba casi exclusivamente en su hobby, la fotografía. No hacía fotos de la ciudad, ya que aunque la veía bonita, creía que nunca podría verla como lo hacen los turistas cuando la contemplan por primera vez. Le encantaban sus caras maravilladas al pasar por la judería, por Zocodover o al subir al mirador. Podía ver ese brillo en sus ojos, recorriendo los tejados de derecha a izquierda, intentando retener en sus retinas y su memoria aquella visión.

Era eso lo que él intentaba captar, la sorpresa, el asombro. Ese momento de felicidad, que a él, la vida le negaba.

Huérfano desde muy pequeño, se había pasado la vida dando tumbos, de casa en casa, con unos y otros familiares. Nunca había tenido una residencia fija, nunca había estado más de un año en una casa. Cuando empezaba un nuevo curso escolar, él se mudaba. Tanto trajín nunca le ayudó demasiado con las notas. No es que no fuera listo, pero su situación le apesadumbraba demasiado.

Ahora era guía de las rutas nocturnas que se hacían por la ciudad. La suya era la que llevaba a los clientes a través de las leyendas de Bécquer. Se las sabía de memoria, palabra por palabra. Había empezado a leerlas a los dieciocho años, cuando pudo irse a vivir a la casa que fue de sus padres. Encontró el libro en la estantería, lleno de polvo y ajado. Era el único que había. Solía sentarse a leer en un viejo taburete al lado de la vieja estufa, que funcionaba tan bien como el primer día.

Aquel día estaba en Zocodover, paseando, como cualquier tarde, con su pequeño perro que no se separaba de su lado, siempre buscando la sombra que él producía. Llevaba la cámara a cuestas, preparada para echársela a la cara y sacar la foto. Le encantaban sobre todo los grupos de japoneses, por lo expresivos que son. No les cuesta nada asombrarse. Al final de uno de ellos, se fijó en una chica, de espaldas a él, con el pelo muy largo y liso. Muy menuda, muy diferente a él. Juraría que no era japonesa, pero no podía verla bien.  Quería sacarle una foto, como fuera. Había algo en ella que le llamaba imperiosamente la atención. Justo cuando ella se giraba, un autobús se cruzó en la calle, apenas un segundo, pero lo suficiente para que él no sacara la foto. Fue ella la que la hizo.

Años más tarde, esa foto aún seguiría colgada de la pared. Un joven alto y desgreñado, con ojeras y barba de una semana había atraído la atención de ELLA desde el otro lado de la calle. Sin pensar y sin encuadrar hizo la foto. ÉL aparecía con la cara de sorpresa que solía retratar en los demás.

Siempre que ELLA veía la foto sonreía. Siempre que ÉL veía la foto, le sonreía a ELLA. De vez en cuando echaban un vistazo a la estufa mientras él le leía su libro de Bécquer.