lunes, 14 de enero de 2013

Adiós, pequeño.

La vida es demasiado puta. Y demasiado corta para los mejores.

Hace dos años y medio recogí a Harley de la carretera, donde yo mismo estuve a punto de atropellarle. Anteayer le recogí de nuevo, pero esta vez sin vida.

Gracias por alegrarnos estos años, pequeño. Gracias por llenar los días de alboroto, pero te has ido demasiado pronto.


viernes, 6 de julio de 2012

La lluvia y yo.

Los manchegos sabemos mirar hacia arriba, como todos, imagino. Podemos saber si va a llover, sobre todo los que hemos trabajado mucho en el campo, y en cuánto tiempo lo va a hacer. Pero aunque esté lloviendo a mares, para saber si llueve miramos hacia abajo. Removeremos la tierra con el pie, y si no hay más de un palmo de tierra mojada, diremos que no ha llovido, negando la mayor.

Quizá debido a la falta de lluvia en la Mancha (creo recordar haber leído que tenemos más de 300 días soleados al año), cuando esta aparece, nos quedamos obnubilados, casi perplejos, embobados, embrujados. La gente del norte la tiene asumida, pero para nosotros es algo casi raro. Recuerdo mis tiempos de zagal, en los que tenía que ir a vendimiar (empecé a los nueve años) y despertaba a las siete de la mañana con el sonido de la lluvia en el tejado de chapa del patio. La cama se hacía mucho más cómoda en ese momento, y la sábanas te envolvían aún más. Sin embargo, con el paso de los años se fue generando una sensación nueva que se unía a la alegría porque lloviera, y era la responsabilidad y las ganas de terminar de vendimiar.

Y es algo que creo que acompaña a cualquier campero manchego, esa sensación de amor-odio, de alegría porque llueve, y lo agradece la tierra, y la desesperación por no poder trabajar.

Quizá por eso, me parecen tan tristes los días lluviosos en la ciudad. No sabéis apreciarlos. Veréis, los días de lluvia en el campo son preciosos, en cualquier época del año. Con las primeras gotas se levanta ese olor indescripible a tierra mojada, se le quita el polvo a los árboles y el verde de las hojas brilla con un resplandor renovado, la paja oscurece un poco el color oro, se amplían los contrastes en los tonos de la tierra, y el sonido se amortigua, se reduce el eco, y te acompaña un rumor sordo.

En la ciudad, para empezar, se os despeja el aire, se reduce la contaminación, y las calles cogen ese brillo reflejando la luz de las farolas y los escaparates. Las gotas repican por doquier, incluso en los paraguas que interponéis entre ellas y vosotros, creando una pequeña sinfonía. Y no os dais cuenta, camináis con los ojos bajos, la cabeza gacha y malhumorados. Qué poco sabéis apreciar lo bueno.

lunes, 30 de abril de 2012

Las desgracias nunca vienen solas.

Hace una semana me rompí el menisco. No fue gracias a un golpe, o un giro brusco, o eso creo. Simplemente me levanté por la mañana con la rodilla inflamada y con mucho dolor. De modo que me llevó mi pareja al hospital. En el viaje de ida no hablé apenas. Una idea me rondaba la cabeza, y me preocupaba bastante más que la posible intervención quirúrgica: mi empleo.

Desgraciadamente, desde hace poco tenemos sobre la mesa unas nuevas reglas de juego con los empresarios, una nueva reforma laboral. En ella, entre otras cosas, aparece la posibilidad de que seas despedido en caso de que por varios motivos cojas una baja de 10 días en un plazo de dos meses. Y esa posibilidad es la que me asustaba. Tengo claro que habrán de operarme, por lo que ya cuento con esos días de baja. Pero en lo que pensaba era esa primera semana de baja que me ofrecía el doctor, de absoluto reposo y con la pierna en alto. No podía permitírmela. De modo que no me la permití.

Durante toda la semana pasada he estado yendo a trabajar, con mi pareja por chófer, haciendo que se levantara a las 5:15h de la mañana, haciendo que mis compañeros me ayudaran a subir al despacho, e hinchándome a analgésicos para paliar el dolor. Mis jefes, siempre tan atentos, no sólo no me facilitaron las cosas, sino que el miércoles me obligaron a quedarme de guardia, sin previo aviso, hasta que ellos creyeran conveniente. La anterior vez que había ocurrido algo parecido, la cosa se demoró hasta las cuatro de la mañana. Sin poder desplazarme a comer, sin dinero y sin comida, el día se hizo bastante largo. Pero todo fuera por tener trabajo en estos días oscuros.

Así, hasta el viernes. Ese día aparecieron los últimos datos del paro. Unos datos terribles, en los que habían desaparecido más de 360000 puestos de empleo. No podía dejar de pensar en ello mientras me masajeaba la rodilla.
En sí, el viernes fue un día normal, con mucho trabajo, muchas llamadas con clientes y compañeros. Nada me hizo sospechar que a diez minutos de mi hora de salida, apareciera mi encargado para decirme que recogiera, ya que ese había sido mi último día. Ante mi pregunta de cuál era la razón, sólamente contestó que yo ya lo sabía. Pero yo no sabía por qué se me despedía.

Subí a firmar el finiquito y a despedirme de los compañeros, que me miraban con cara de estupor. Ninguno de mis jefes estaban allí para darme sus razones, para ellos el puente había comenzado hacía tiempo. Sin embargo le tocó a una compañera inexperta y con visibles muestras de nerviosismo y pena el darme la noticia. Esta es la clase de esta gente. Puñalada tardía, y por la espalda. Cobardes hasta el último momento.
Por supuesto, no firmé el finiquito. Un despido así siempre despierta sospechas, y por lo que se ve, están bien fundadas. Tendré que volver el jueves, donde seguramente estén los dirigentes de la empresa, pero no creo que salgan a saludar. Cerrarán sus despachos, y espiarán desde detrás de las cortinas.

De esto han pasado ya dos días. El primero estuve totalmente perdido, sin poder pensar en nada, sin poder creer que ya no tenía un sitio a dónde ir a trabajar mis ocho horas. Pero mirándolo con perspectiva, quizá esta sea la oportunidad de oro para lanzarme a tiempo completo a realizar el sueño de la empresa de cerveza artesanal. Quizá, dentro de un tiempo, tenga que agradecer a toda esta panda de cabrones que nos dirigen el que haya encontrado la felicidad. Quizá. Pero muchos otros no tendrán la misma suerte, y el miedo ya nos atenaza.

viernes, 9 de marzo de 2012

La casa roja.

Los olivos que tengo plantados me siseaban con enfado cuando entré de nuevo en mi casa. Casi podía oírlos por la carretera, con la ventanilla del coche abierta de par en par, dejando entrar el olor que desprende la tierra recién arada. Donde he vivido estos meses no se veían garcillas bueyeras, quizá porque no existían tampoco las grandes tierras de cultivo que rodean la Casa Roja. Tampoco abundaba otra cosa que el hinojo y su ligero olor a anís.

He vuelto a lo alto de una colina, desde donde puedo ver hasta donde quiero ver. Vivo entre romeros, olivos pinos y retamas, entre tierras yermas y cardos de la altura de un hombre. Vivo escuchando a la oropéndola, y espiando a gorriones inquietos. Me gustaría pensar que soy dueño y señor de esa parte del mundo, pero lo cierto es que me conformo con que me dejen ver atardecer allí casi cada día.

Empieza a hacer buen tiempo, y eso lo saben las abejas. Llegan por decenas a mis setos de romero que florecen un poco cada semana, y llenan el ambiente de zumbidos intermitentes. La encina que planté parece desperezarse lentamente, el jazmín reverdea y la luz de la tarde se refleja naranja en la pared que da casi al sur, al castillo de Peñas Negras, que mira reprobatorio cómo le miro con afecto. Él, tan imponente, tan solitario, no puede ser objeto de miradas así, acostumbrado a siglos de reyertas, muertes y miserias.

Llego cada día de trabajar a las cuatro, salgo del coche, me quito el traje sucio de enfados, de humos y de miedos y lo cuelgo de una rama del gran pino que bordea la entrada para que se airee hasta el día siguiente. No es de recibo entrar de esa guisa donde te espera quien bien te quiere. Desde debajo del falso seto me saludan tres morros peludos, y uno ausente. Tres miradas calladas, pero alegres, prestos a saltar para dar la bienvenida a quien hace un rato que no ven. Subo la cuesta, con el sol siempre de frente, y llamo al timbre. Ella pronuncia mi nombre desde dentro, aunque ya sabe que soy yo. Los perros jamás hubieran dejado pasar a nadie sin por lo menos montar un escándalo. "Sí", contesto yo. Me recibe una vuelta del pestillo, una sonrisa y un beso.

¿Cómo no iba a volver?

lunes, 21 de noviembre de 2011

Oh, venga...

¿De verdad pensabais que esto iba a ser tan fácil? ¿Que íbamos a cambiar el panorama político de este país en 6 meses? Hijos míos, llevamos ya casi 35 años con esto, desde que la espichó Franco. En seis meses hemos conseguido cosas que nadie hubiera imaginado hace un año, pero este trabajo va para largo.

Hemos conseguido hacer abrir los ojos a miles de personas acerca del bipartidismo, de que entregar un país a los mercados no es propio de un partido de izquierdas, de que con un poco de movimiento se consigue mucho más que quedándose en casa bajo el brasero.

Pero para llegar a todo esto, estaba claro, o al menos yo lo tenía claro, deberemos pasar por cuatro años muy jodidos. La derecha vota en bloque, sin fisuras, sin autocrítica. Les gustará poco o nada su candidato, el cual tiene una valoración pésima de cara a la gente. Pero les da lo mismo. No votan programa político, no votan ideas, no votan a candidatos. Votan siglas, y punto. De modo que nuestro caballo de batalla está en otro sitio.

Somos más, es así. Hay más gente a la que le cuesta llegar a fin de mes, que ricos. Más trabajadores que empresarios. Más gente que aboga por que todo el mundo tenga derechos sociales que los que opinan que sólo puedan tenerlos quien pueda pagarlos. El problema es la información, la que hay, y la que ha habido en estos últimos años. Mucha de esta gente tiene ideas de izquierdas, aunque no lo quiera reconocer. ¿Y por qué ocurre esto? Por desinformación, y por miedo. La desinformación afecta a jóvenes y a no tan jóvenes. Los medios de comunicación tradicionales se han ido adaptando de igual manera que la política a estos tiempos. Han elegido un bando u otro, dándoles igual que hubiera más alternativas. Y lo que no pertenecía a su círculo de amigos, se ignora, o se critica, pero de pasada. Con esto se consigue que parezca que no hay más alternativa que la de votar azul o rojo, o bien elegir el blanco.
El miedo es diferente. El miedo viene de lejos, de hace más de treinta años. Existe, y lo he visto en mi pueblo este fin de semana, un miedo cerval a votar a según qué partido de izquierda. Años de represión han conseguido que el efecto dure tanto tiempo después. Esta gente, si le comentas las ideas que propone la izquierda, sin decir de qué partido político es, asentirá y estará de acuerdo con ellas.

De modo que coged aire, todo el que podáis, y empezad a trabajar desde ya, informando siempre que podáis a la gente. Ojito, he dicho informar, no convencer a toda costa. Estas cosas caen por su propio peso, la gente es capaz de pensar por sí misma. Pero también les pasa igual que a todos nosotros, cuanto más les intentas meter una idea en la cabeza, más rechazo hay.

Tenemos cuatro años duros por delante, pero está en nuestra mano que no sean más.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Abducido

Leí hace poco que el gobierno de EE.UU. había declarado que no existían pruebas de contacto extraterrestre. Desde aquí, y con la rabia a flor de piel, quiero decir lo siguiente: ¡Insidiosos! ¡Insinceros!

Mucho mejor, la verdad. Os preguntaréis por qué he tenido este arrebato de furia ciega. Bien, creo que es hora de que lo confiese. Yo he sido abducido. Seguro que ahora estáis pensando que esto aclara mi ingenio, mi saber estar, mi porte gallardo y todo lo que me acompaña, pero no. Todo esto ya lo traía de serie, chavalada. Sí que me dejó la experiencia alguna consecuencia, claro está, y desde luego muy desagradable. Paso a contároslo, que veo que estáis acabando con vuestra reserva de uñas.

Corría el año 2000... Bueno, no corría, ya sabéis, es un año, una medida de tiempo. El tiempo pasa, pero no corre, no tiene patas. Es una de esas frases hechas. Bien, el año 2000, año de ovnis, o de trosnis, como me gusta llamarlos a mí. ¿Por qué trosnis? Porque sí. En cuanto a lo de que era un año de buena cosecha de trosnis, todo el mundo lo sabe. Preguntádselo a Íker Jiménez y veréis cómo pone los ojos en blanco, se echa las manos a la cabeza y se tira al suelo entre convulsiones. En serio, hacedlo, es divertidísimo.

Era julio, a finales. Lo sé porque lo ponía en el calendario. Yo era un joven guapo y hermoso, con la misma perilla que tengo ahora. Era sábado, por la noche. Había salido con mis amigos a hacer lo que hacen los jóvenes de 21 años, emborracharse hasta las patas, vomitar, y volver a emborracharse. Así que como se pretendía eso de mí, lo hice. Cualquier cosa por complacer a la sociedad y sus arquetipos. Para eso estamos. Eso sí, siempre sin mezclar, que como todo sabéis, es malísimo. De modo que me estaba bebiendo el ron, el whisky y el vodka con Cocacola, evitando problemas.

Estábamos por aquel entonces bebiendo en un descampado (era para los de pueblo) junto con otros 5000 ó 6000 jóvenes. Es posible que fueran 100 pero se movían mucho, y daba ese efecto. Nosotros, que éramos pobres en aquellos años, no teníamos coche para desplazarnos, por lo que íbamos a pata a todos lados, mientras que los más pudientes sacaban sus flamantes coches de mierda y ponían música electrónica a todo trapo. Claro, imaginaos 50 coches juntos poniendo cada uno una canción diferente a todo volumen, pues no se escuchaba ni dentro del coche. De modo que para aguantar tanto tormento, la ingesta de alcohol fue mayor de lo normal. Así que en vez de irme a los garitos a seguir pimplando, decidí irme a mi casa que estaba en la otra punta del pueblo. Y es un pueblo muy largo, el muy *"·$!"·$%"·%$&.

Estaba yo caminando por la calle, como suelo hacerlo normalmente en estos casos, pisando las dos aceras alternativamente, al tresbolillo, cuando me entraron ganas de mear. Después de unos 20 cubatas, te suele pasar esto, no os preocupéis si os ocurre a vosotros también, es completamente normal. Así que me puse detrás de lo que parecía un borrón blanco en mi visión. Cuál fue mi sorpresa, cuando del borrón se abrieron unas compuertas y salieron dos seres altos, muy altos, y del interior se oía el sonido de unas transmisiones llenas de interferencias, y en las que se oía voces humanas, pero de forma ininteligible. Se acercaron a mí lentamente, rodeándome, y haciéndome lo que yo intuía que eran preguntas. Pero sólo podía contestar:

- ¿Eh? Peeeroo... ¿Eh?

Después de los infructuosos intentos de comunicación con los seres extraterrestres, y eso que me esforcé muchísimo, me agarraron cada uno de un brazo y me llevaron al interior de su nave espacial. El reducto donde me introdujeron era pequeñísimo, con rejas, y un olor raro. Pero al menos tenía asiento, así que me dije que aunque estaba jodido por la situación, al menos podría echar un sueño. Fue lo peor que pude haber hecho. Se conoce que allí dentro habían echado alguna especie de droga por los conductos de ventilación, ya que al instante de tumbarme, me empezó a dar vueltas todo, y a entrarme ganas de vomitar.

- Cabrones espacialeeeeesss...- dije yo, y las arcadas comenzaron a convulsionar mi cuerpo.

Oí cómo me gritaban en su propia lengua, que curiosamente empezaba yo a entender, seguramente porque estaban usando un traductor universal. Conectaron las luces de su aeronave y aceleraron a la velocidad de la luz, para llevarme a su nave nodriza. Llegamos en lo que parecieron 10 minutos, pero calculo que serían unos 10 años luz, así a bote pronto. Aterrizaron con una maniobra brusca y me sacaron de malas formas. Pude ver que usaban zapatos como nosotros, seguramente porque se habrían dado cuenta de que se les quedaban los pies fríos de andar descalzos.

Me llevaron ante su líder, un extraterrestre de cuatro ojos, dos de ellos transparente, y con unos pelos largos que le salían debajo de lo que parecía una nariz, pero de tamaño inmenso. Éste era de todo menos amable, y menos después de que expulsara la droga encima de la máquina con la que transcribía mis reacciones. Después de todo esto, me recluyeron en una sala algo más amplia que la de la nave de reconocimiento y me dejaron allí durante una hora. Supuse que me harían pruebas de todo tipo, por lo que me bajé directamente los pantalones, para que vieran que iba en son de paz, y que no les causaría problemas. Quizá así, las pruebas fueran menos invasivas.

Me dormí encima del catre que había cuando me despertaron de nuevo de malos modos. Me indicaron con señas que me vistiera de nuevo, lo que denotaba que ya me habían practicado toda clase de pruebas y experimentos. A saber qué habrían hecho conmigo. Me metieron de nuevo en la nave pequeña, y partimos hacia la Tierra a toda velocidad. La luz del sol me cegaba, pero me alegraba de ver algo reconocible. Pararon en seco, abrieron la compuerta, y me dejaron de malos modos con los pantalones y las botas en la mano delante de la casa de mis padres. Allí estaban ellos, aparentemente sin ver a los extraños seres que se marchaban. Entre lágrimas como puños acerté a decirles:

- No os vais a creer lo que me ha pasado.


Años después reuní el valor suficiente como para investigar un poco sobre estos seres. Y encontré la siguiente foto, en la que se les ve hablando con uno de nuestros líderes. Escalofriante.



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miércoles, 26 de octubre de 2011

Mi vecinita

Mi vecina es rara. Bueno, ya sé que todos los vecinos del mundo son raros. De hecho, todo el mundo es raro, menos yo. Pero es que mi vecina es rara, rara.

Llevo poco tiempo viviendo ahí, pero ya hay cosas que me me mosquean de ella. Y eso que apenas la veo. Bueno, ni yo, ni nadie. Creo que es vampiro. O eso, o etarra, pero con la noticia de la última semana me decanto más por lo primero.

Veréis, vivimos en unos chaletes pareados, de modo que compartimos alguna pared. Creo que no la he visto de día aún, sale a las 5 de la mañana en su coche y éste tiene todos los cristales tintados, salvo el parabrisas. Va siempre de negro, pero no en plan gótico. Está más blanca que la leche, y tiene unas ojeras que le llegan a las uñas de los pies, con lo que no le hace falta pintárselas. Además, tiene todas las persianas bajadas. Todas. Siempre.

Yo no soy demasiado experto en olorística (sí, me lo he inventado, qué pasa), pero sin haber entrado en su casa puedo casi afirmar que ahí, tiene que oler a tigre. A tigre muerto. Abre un poco las ventanas, hija, deja que entre un poco el aire. Creo que una vez abrió la puerta del armario y Mimosín que estaba bailando encima de las toallas murió al instante. Imagino que lo hace para que no entre la luz, lo que confirma que es un vampiro. Aunque hay una cosa que me descoloca respecto a esta teoría: los golpes que se da.

Porque una cosa son los portazos que pega a diestro y siniestro cuando llega a su casa, que va puerta por puerta la muy... Lo mismo da que sean las 9 de la noche que las 5 de la mañana. Pon un tope en las puertas, reina, que ya tendrás los marcos cascaos. Pero es que además, creo que va a oscuras por la casa, como buena integrante de la especie de los chupasangres. Pero creo que el que la convirtió, la hizo mal. Porque se va pegando de cada trastazo que asusta. Estás tan tranquilo viendo la tele, cuando escuchas un golpetazo seguido de un grito y un "¡Cagondiooooooooooós!" Pero es que desde que llego a las 16h a mi casa, hasta que me acuesto, puede pasarle como 5 veces. Hija, que vale que seas una criatura de la oscuridad, pero si estás mal hecha en cuanto a visión nocturna, cógete una velita si ves que te molestan mucho las bombillas. O una linterna mejor, porque vista tu torpeza, lo mismo prendes fuego a la casa.

También tiene hábitos extraños, como el de dejar los rollos de papel higiénico en el porche de fuera. Será que tiene una colección de ataúdes dentro, y claro, no le caben. Pero en días como el lunes, que llovió, pues se le moja todo. Eso sí, hoy ya tenía rollos de Scottex, en vez de del DIA. Se conoce que ha cobrado y se ha dado un caprichito. Además, los deja siempre al lado de su precioso arbolito muerto. Pero muerto, muerto. No es que sea de hoja caduca, que a lo mejor lo fue, no te digo que no, pero en el siglo XVI (equis uve palito para los católicos). Y diréis: "Es que será una chica despistada y no lo quita". Bueno, quizá, pero tiene que serlo mucho, porque lo riega todos los días. Cada mañana cuando me levanto, veo unas gotas de agua alrededor de la maceta. A no ser que no sea agua. Lo que explicaría también por qué están los rollos de papel higiénico al lado y por qué el árbol está más seco que la mojama.

Además, otra cosa que me tiene mosca, son los animales. No se acercan a su casa. Los pájaros se posan en mi verja, no vuelan por encima de su casa, los gatos dan un rodeo, el perro de la vecina pasea por el lado más alejado de la parcela y mis perros... Bueno, mis perros están "asalvajaos", lo mismo les da. Pero es que la jodía no tiene ni moscas. Ni mosquitos, ahora que lo pienso, lo cual explica el puto verano que me han dado a mí. Bueno, tampoco podían pasar a su casa con las persianas cerradas a cal y canto.

Y ahora vivo con el miedo de que una noche se despierte con hambre y se acuerde del pedazo de vecino que tiene en la casa de al lado y quiera tomarme como piscolabis.

¿Veis cómo es rara?